Quererse o no quererse, esa es la cuestión.

Son las ocho de la tarde. Ducha, pijama, desenredar melenas. Una niña de 9 años. Su hermana de 11. Una madre, que a veces plantea preguntas quizá un poco intensas para lo habitual, le hace la siguiente a la de 9:

-¿Tú te quieres?

-¿Cómo?

-Que si te quieres…quiero decir ¿qué te dices cuando haces algo que no te sale como esperabas?

-pues que ya me saldrá, no sé mamá…

-Ahá, ¿Y cuando te sale como querías?

– Me pongo contenta. Bien.

Entonces se queda un momento callada y añade:

-Mamá, no te enfades, pero yo es que en realidad me quiero más a mí que a tí.

En ese momento observo que la de 11, que hasta entonces escuchaba la conversación de refilón, abre los ojos como platos y arquea las cejas.

Siento una necesidad imperiosa de compartir, celebrar y afianzar esto que está sucediendo. Respondo:

-No solo no me enfada escuchar eso, sino que me pone muy contenta. Estoy convencida de que sólo queriéndote a tí primero, puedes quererme a mí. Yo lo he descubierto de mayor, así que me hace feliz que tú ya lo sepas. A veces podemos entender que querese a uno primero es egoista, sin embargo, no sólo no es egoista, sino que es imprescindible para poder querer libremente a los demás.

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-Vale, ¿que hay de cenar?…

Y como si tal cosa, me dió una lección de autoestima y seguridad en sí misma, en nuestra relación y en mi amor incondicional hacia ella, que dibujó una sonrisa en mi cara y un intenso deseo de contribuir a mantener aquellos conceptos bien claros.

Miro hacia atrás ¿Cúando aprendí a quererme?

Este ha sido un año intenso en muchos sentidos, y empiezan a tomar forma conceptos que apenas atisbaba cuatro o cinco años atrás.

¿Qué significa quererse a uno mismo? No me refiero a un amor loco, narcisista, que lo justifica todo. Eso no es Amor. Hablo de esa forma de mirarse en la cual puedas observar cada parte de tí con el cuidado y el cariño que observas a tus seres más queridos. Esas partes que a veces, queriedo controlar las cosas, y ofrecer una imagen excelente de tí misma, se vuelven algo rígidas, y tensan espaldas y mandíbulas. Esas que reaccionan y te impulsan a hacer cosas, en ocasiones poco cuidadosas, de las que a veces te arrepientes. Esas que te hacen sentir pequeña, insegura, poco valiosa, y que quisieras meter debajo de la alfombra y hacer desaparecer.

Quererse a uno mismo, desde mi experiencia, significa conocerse. Aceptarse y a la vez desear evolucionar. Y hacerlo.

Quererme significa compromiso. Constancia. Ser confiable, cumplir. Identificar mis necesidades, esas que me mueven cada día. Darles forma y nombre y pensar modos de cuidar de ellas. A veces lo hago sola, otras le pido a alguien que contribuya. Pero antes de ir al otro, me aseguro de ir ligera, libre. Sabiendo que si no está disponible para mí en ese momento (o quizá en ninguno dependiendo del caso… y me tocaría hacer el duelo), no me voy a quedar desatendida. Ni sola.

Marshall Rosenberg afirmaba que la violencia nace de las cosas que nos decimos a nosotros mismos. De nuestro lenguaje interno.

Aprender a querese no es un trabajo sencillo. Hay mucho que desaprender. Sin embargo también hay lugares/personas/ideas de los que nutrirse. Agradezco en este sentido a Pilar de la Torre,  su pasión por compartir la Comunicación Noviolenta y también que me hablara del “Internal Family Sistem”, ideado por Richard Swartz. Y que hiciera posible la formación en esta metodología de análisis en Madrid. También a todos los que de un modo u otro, han contribuido a que me conozca cada vez mejor. Es una larga lista, que queda para mí y para ellos y ellas.

Este que escribo hoy es un texto quizá demasiado personal. De nuevo me asalta la duda de si tiene sentido compartir estas cosas. Creo que si, porque solo he podido llegar aquí gracias a que otros han compartido conceptos, ideas y reflexiones conmigo. Como en una cadena de favores. Te susurro mi descubrimiento más valioso. Cómo aprendí a quererme.

Un abrazo,

María.

 

 

 

3 comentarios sobre “Quererse o no quererse, esa es la cuestión.

  1. En la época de los selfies impulsivos, el quererse parece que ya viene instalado “de serie”. Sin embargo, es cierto que la atención afectiva hacia uno mismo es la tabla de salvación para aferrarse al mundo. Su descompensación en uno o en otro sentido, provocará dolor o, por contra, sentará las bases para un progresivo distanciamiento con los prójimos. En esto, como en otros comentarios anteriores a algún post anterior, vuelvo a percibir diferencias generacionales.

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  2. Hola Evaristo,
    ¡muchas gracias por leerme y por comentar!.
    ¿Sabes? no creo que la forma de quererse de quienes viven haciéndose selfies sea a la que me refiero. Desde mi punto de vista ese quererse tiene más que ver con la necesidad de ser vsto, reconocido y querido por otro que por uno mismo. El foco está fuera…y para mí es importante que el amor a uno mismo sea introspectivo. No buscando la aprobación o la admiración de otros. No sé si es generacional. Desde luego el fenómeno exhibicionista tiene que ver con la tecnología a nuestro alcance. Sin embargo, no estoy segura de que antes se quisieran mucho a sí mismos tampoco. Claro que generalizar suele ser un error.No me conformo echándole la culpa a la tecnología, la sociedad, los tiempos que vivimos. Así no hay forma de cambiar nada. Creo que lo que quiero decir es que me ocupo y me hago cargo de lo mío, de quererme, de ser responsable de mis necesidades y de estar disponible para los demás,habiéndome cuidado. Por eso es fundamental conocerse. Y eso no lo da un selfie 😉

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    1. Gracias por tus apreciaciones.
      Es cierto que la anécdota que cuentas como desencadenante de tu reflexión me recordó aquellas otras actitudes que se encuentran en el extremo opuesto o un poco fuera del foco.
      Igualmente, es verdad que cualquier generalización es injusta con la realidad -seguro que todos conocemos ejemplos y casos que rompen con la norma, no digamos ya en el ámbito emocional-.
      Pero volviendo a la anécdota que sirve de núcleo a tu post, me llamó la atención la respuesta tan rotunda de unas niñas pequeñas… a su madre.
      Es por ello que me acordé de la diferencia generacional, y de cómo los más jóvenes tienen más oportunidades de las que tuvimos otros para educar las emociones y la afectividad. De hecho, yo mismo aprendo de mis hijos y desaprendo lo que daba por sentado.

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