Se vale gritar, o cómo hacerlo para que te escuchen.

Si llegados a este punto, te ha parecido entender que hablar en clave noviolenta implica que uno no grita nunca, es que hace falta este texto. Urgentemente.

Cuando gritas se produce un efecto asombroso. Libera mucha energía contenida y te aseguras de que te han oido (quizá no escuchado). Este último matiz es el que hace la diferencia.

¿Cómo gritar para que te escuchen?

Empecemos por analizar qué sucede cuando gritamos como hemos aprendido. Según sea tu forma de expresarte, igual eres de grito fácil, o de contención hasta que ya no puedes contener. En medio hay mutitud de matices, por supuesto.

Si te expresas con muchos gritos, habrás observado que pierden el efecto drámatico que quizá buscan, dejan de causar impacto paulatinamente. Gritar mucho hace que los demás se acostumbren a este tono de voz y lo integren como habitual. Y puede suceder como en el cuento de Pedro y el lobo, que cuando vino el lobo de verdad, nadie se lo creyó.

Gritar muy poco cuenta con la ventaja de que cuando lo haces, el entorno, por lo menos se sorprende. Y quizá eso contribuya a que se pare a mirar qué está sucediendo para que grites. Sin embargo, pasada la sorpresa inicial, si no consigues que tu mensaje sea “escuchable” por el otro, no habrá servido nada más que para infundir un poco de miedo, o mucho…¡dependiendo de cómo haya sido el grito!.

Veamos ¿qué queremos conseguir cuando gritamos?. Si pudiéramos revisar la intención que había debajo de aquél grito, honestamente, ¿no querías que el otro se sometiera a tu criterio? ¿no hay un deseo de expresar algo para que sea atendido? ¿no hay cierta intolerancia a recibir un “no” por respuesta? ¿no hay una energía acumulada que viene de algo que no estábamos atendiendo?. Si nos paramos a descomponer un poco estas cuestiones (porque de eso va este ejercicio, analizar, descomponer, comprender, elegir, expresar) podemos ver varias cosas.

Por un lado, debajo de ese deseo de somenter al otro a mi criterio, hay una idea concreta de las relaciones de poder. Sean familiares o profesionales. Cuando estimamos que por la razón que sea, estamos por encima del otro, y ejercemos nuestro poder, buscamos sumisión. Al mostrarnos así, aunque sea inconscientemente, la persona que tenemos enfrente tiene dos opciones: someterse o rebelarse. Y esto es lo que sucede. En ambos casos con un efecto que desequilibra aún más la relación, y genera tensión y falta de confianza. Si cuando tú gritas esperas que yo obedezca, sin atender o escuchar al menos, lo que yo vivo en ese momento, para mí es como si no me vieses. Como si no me vieses en absoluto.

Por otro lado, la energía acumulada en la persona que grita viene de un lugar concreto. De algo que legítimamente está necesitando, y a la vez, está expresando de un modo trágico o duro y dañino. Imagina a una madre o un padre que gritan a un niño, después de decirlo varias veces sin gritar, para que vaya a bañarse. ¿Qué está necesitando? si me lo llevo a mi experiencia, en esa situación necesitaría consideración (lo he dicho varias veces sin gritar antes), también necesitaría ligereza (que las cosas no sean tan difíciles de conseguir), descanso (porque nos acercamos al final del día y me siento cansada), alimentarme (noto hambre y eso me impacienta, y veo que si no se duchan se retrasa la cena), también necesito confiar en que soy una buena madre (creo que los horarios contribuyen a dar orden y estructura a sus vidas) y por último amor y compartir (si se ducha ya y cenamos juntos podremos hablar de cómo ha ido el día y contarnos nuestras cosas). Todo eso, visto asi, es legítimo y bello. Sin embargo, si no sé mirarlo lo único que puedo percibir es la fuerza de una erupción volcánica que estalla la tercera vez que le pido al niño que se duche y no lo hace. Y grito a lo grande. De pura frustración.

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Volviendo a la pregunta ¿Cómo gritar para que te escuchen? ¿qué claves podemos tener en cuenta para que mi mensaje sea “escuchable” para el otro?.

La primera y fundamental es no hacerle responsable de lo que a mi me pasa. Si necesitas leerlo otra vez, hazlo.  Cuando yo le hago responsable de lo que a mi me pasa (por ejemplo si digo “me tienes harta”), el otro se siente atacado y nota el peso de la responsabilidad que yo le otorgo. ¿Cómo decir  gritando, de modo que pueda ser escuchado, “me tienes harta”?. “Me tienes harta” implica que hay algo que se ha repetido muchas veces y yo no puedo más con esa situación. Luego, descompuesto en observación, sentimiento, necesidad y petición, podría gritar

” ¡¡Estoy harta!! ¡¡Pedirte por quinta vez que vayas a ducharte me hace sentir impaciente y enfadada, necesito que las cosas sean más fáciles y que podamos cenar a la hora!!!”

Habrás observado que no hay petición, porque siendo honesta, después de este grito, yo necesitaría un poco de tiempo, y respirar un par de veces, antes de pedir algo. Probablamente pediría ¿puedes decirme si es posible para ti ir ahora a la ducha?.

La segunda, y no menos importante, no perder de vista que gritar viene de algún lugar. Y que ese lugar es tan importante para tí que te mueve de ese modo tan enérgico. Es decir, conectar e identificar  la necesidad que ha motivado las ganas de gritar, y compartirla con él/ella.

Comprendo, y lo he vivido, las dificultades de adquirir fluidez y agilidad para expresarse así en una situación de estrés. Por eso mismo…

La tercera clave es practicar, practicar, practicar, en situaciones de baja intensidad antes de probar en una situación de alta intensidad emocional. O como dicen los americanos “fake it, fake it, until you make it”.

Curiosamente, una vez integras esta forma de comunicarte, y consigues expresar cada vez que lo necesitas, lo que estás viviendo, las ganas de gritar disminuyen en gran medida. Y sólo se activan en momentos muy puntuales de tensión.

Por favor no olvides esto

GRITAR ES DE HUMANOS

Practica, hasta que puedas gritar en el momento preciso y con un mensaje alineado con respecto a lo que está sucediendo dentro de tí.

 

Un abrazo,

María

 

 

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