«El que habla miente, el que saborea conoce»

Rabiah Al-Basri, poeta sufí.

Mi amigo Diego me ha regalado el libro «el espejo del cerebro» de Nazareth Castellanos, física teórica y doctora en neurociencia quien, por suerte para mi, tiene una extraordinaria tendencia pedagógica y escribe de forma muy atractiva y comprensible. El primer capítulo se titula «saborear la palabra» y al leerlo he hecho una asociación irremediablemente. Ella relata una etapa de su vida en la que vuelve a los laboratorios, que había abandonado por un tiempo, para estudiar las bases neuronales de la meditación, con el objetivo de aunar el conocimiento de la neurociencia con el de las tradiciones contemplativas.

Meditar no es ni más ni menos que ejercitar la capacidad de controlar voluntariamente la atención, frente a las distracciones involuntarias que llenan constantemente nuestra mente de pensamientos y generan mucho ruido interior.

«(…) Vivir con consciencia el momento presente no parece ser una técnica propia de una escuela, sino una propiedad de la vida » escribe hacia la mitad del capítulo.

Y he aquí la irremediable asociación. Saborear las palabras creo que es lo que propone la Comunicación No Violenta. Aprender a contener el primer impulso, observar apagando el ruido mental, practicar para así poder elegir una respuesta consciente y alineada con lo que vivimos a nivel interior, para expresarse de un modo claro y cuidadoso. Esta forma de comunicación requiere que te entrenes en la práctica de tomar distancia para observar y decantar los hechos, para después conectar con lo que sientes y necesitas, y por último imaginar acciones concretas que te permitan hacer una petición o bien idear alternativas para atender tus necesidades.

Del mismo modo que imagino la asociación entre saborear las palabras y darme el espacio de tomar un poco de distancia para elegir lo que digo y cómo lo digo, imagino la asociación entre la afirmación de que vivir con consciencia el presente es una propiedad de la vida (por más que el ritmo de la vida moderna genere aún más ruido y sensación de urgencia, de ir por la vida como si nos empujasen o llevasen en volandas de semana en semana) y que los seres humanos disfrutamos contribuyendo a la vida de otros de manera natural, como una propiedad de la vida, y no porque tengamos un esquema de valores, o unos principios éticos o profesemos algún credo.

Photo by Nataliya Vaitkevich on Pexels.com

En consecuencia lo de que «el hombre es un lobo para el hombre» tiene su fundamento en milenios de dinámicas de poder basadas en la sumisión, y al mismo tiempo no habla de una cualidad natural del ser humano. Sino de una aproximación a las relaciones aprendida.

Desde «la servidumbre voluntaria» escrito en 1574 por Étienne de La Boétie, pasando por el movimiento de la no violencia de Gandhi o las tesis de Rutger Bregman en su ensayo «Humankind: a hopeful history» encontramos rastros de esta teoría en multitud de lugares: ¿Y si resulta que es la empatía, y no la competitividad feroz, el impulso natural del ser humano? ¿y si milenios de una dinámica de dominación y desconexión en la concepción de las relaciones se estuvieran revirtiendo? ¿y si contribuir a la vida de otros, además de ser fabuloso para los otros, resulta que nos alimenta el alma?

Gracias por la inspiración, Diego.

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